Entre canales en Ámsterdam - Día 1

diciembre 26, 2019

Ámsterdam siempre ha sido una ciudad que ha estado entre nuestros sueños viajeros y teníamos mucha ilusión en poder pasear entre sus canales algún año. Y afortunadamente en 3 días en la época de Navidad hemos por fin tenido la oportunidad de hacerlo y con toda certeza volveremos porque Ámsterdam nos ha enamorado completamente con su permisividad, su tolerancia, su Barrio Rojo, sus tiendas de Cannabis, sus canales, su Mercado de las Flores, hasta sus bicis que más de una vez tienes que sortear para que no te atropellen. 

Todo empezó un día de Septiembre en el que sin quererlo, descubrimos una oferta de vuelo de Air Europa a Ámsterdam, increíble que en tan poco tiempo consiguiéramos un precio tan apetecible, así que click y a organizar el viaje. La estancia nos resultó algo cara pero había que tener en cuenta que era época navideña, y los precios de los hoteles en la ciudad suelen ser bastante elevados. Ni el posible frío que nos iba a hacer (los canales hacen que la sensación térmica sea inferior) ni el madrugón ni los recuerdos de viajes navideños anteriores iban a estropear nuestra aventura en Holanda (perdón, Países Bajos).

El vuelo salía desde la Terminal 2 del Aeropuerto de Barajas a las 7 y cuarto de la mañana, así que no quedaba más remedio que madrugar y mucho. 


Llegamos sin problema a la terminal 2, esta vez dejamos el coche en el parking de la propia terminal, que nos salía más o menos al mismo precio que el parking de larga estancia y así llegas antes y no tienes que esperar al autobús. 

Unos paseos por los pasillos de la terminal, y ya con nuestras tarjetas de embarque impresas desde casa, solo nos queda esperar y embarcamos en hora, sin retrasos. 






El vuelo sin ningún imprevisto. Además tenemos la fortuna de tener películas y series en pantalla, así que el vuelo se nos hace muy corto. Qué emoción. Ya estamos en Ámsterdam. 



      


El autobús 397 nos lleva hasta Museumplein, pero se nos pasó comprar los billetes de antemano en una especie de autobús rojo que hay a la salida del aeropuerto, así que perdimos uno, menos mal que tienen una frecuencia de menos de 10 minutos. Y por supuesto foto en las famosas letras de I love Amsterdam que ya no se encuentran frente al Rijksmuseum sino en el aeropuerto. 



El aeropuerto de Ámsterdam se encuentra a unos 15 kilómetros, así que en unos 40 minutos llegamos a Museumplein y desde allí el hotel lo teníamos a escasos 300 metros. Nos resultó muy cómodo el transporte aunque para ello tienes que reservar un hotel que se encuentre relativamente cerca de las paradas del autobús 397. En este enlace tienes toda la información al respecto. También se puede llegar en tren al centro pero para ello tienes que tener el hotel cerca de la Estación Central, si no quieres tener que coger tranvía u otro medio de transporte más. 


     

Sin problemas en el check-in del hotel pero lógicamente las habitaciones no estaban preparadas, así que dejamos las maletas a buen recaudo y nos lanzamos a descubrir la ciudad. 




Primer destino: Museumplein en donde estaba ubicado un mercadillo navideño y una pista de hielo. Era el único día en el que podíamos ver los puestos ya que al día siguiente empezaban a desmantelarlos. Allí me encontré con un viejo amigo.





     


Aunque no íbamos a tardar mucho en comer, no pudimos evitar la tentación de comernos unos churros y comprobar de paso que aunque dominemos el inglés, nos iban a entender perfectamente en español. 



Frente a nosotros, el Rijksmuseum, una de los museos de Ámsterdam más visitados junto con el de Van Gogh y en donde teníamos entradas reservadas para el día siguiente. Así que en esta ocasión, nos dedicamos a hacer fotos, y cruzarlo para seguir con nuestro recorrido por la ciudad. 





Pasamos el primer canal, el Singelgracht por el Museumbrug e inmediatamente supimos que nos volveríamos a España con Ámsterdam en el corazón. 



Nos dirigimos a Leidseplein en donde se encuentra el Teatro Municipal. Es una zona de bares y de restaurantes, vimos la fachada del famoso coffee shop The Bulldog Palace, del que había leído muy buenas opiniones en internet pero yendo con el enano, preferimos dejarlo para otro viaje más de adultos. 






Nos pareció muy curioso ver unas carteles con explicaciones sobre las multas que te pueden caer si tiras basura a la calle o si bebes alcohol por las calles,  sobre todo teniendo en cuenta que es una ciudad en la que se puede comprar cannabis en cualquier tienda. 


       

Se iba haciendo ya la hora de comer, y aunque no veíamos mucha gente por las calles, pensamos que era mejor irnos acostumbrando al horario europeo, así que de camino a nuestro siguiente destino, nos acercamos a un restaurante llamado Porto Carrara, en donde todos los platos de pasta costaban tan solo 5 euros. Bueno, bonito y barato y el dueño un encanto. 








Nos gustó tanto que repetimos el último día. 

De camino al Mercado de las Flores, nos encontramos con la Iglesia Keisergracht pero por desgracia estaba cerrada, ni qué decir que era casi imposible no pararse en cada rincón, en cada puente, en cada canal para hacerse fotos y más fotos. 










He de reconocer que al principio la ciudad se me hizo un mundo, canal tras canal, en donde un mapa prácticamente te resulta inútil, Keizersgracht, Herengracht, Reguliersgracht... cómo para acordarte de los nombres, jajajajaja

Y entre canales, un vistazo también a las tiendas en las que venden cannabis en todas las formas que la imaginación puede pensar, gofres, bollos, caramelos, chupa-chups, etc...

Esa esquina de Reguliersgracht con Herengracht fue uno de los lugares más especiales de Ámsterdam. 








En la plaza de Rembrandt se encuentra una representación en bronce de su cuadro más famoso, La Ronda de Noche y también una estatua del famoso pintor. 



     

Desde la plaza tomamos la calle Reguliersbreestratt en donde se encuentra una de las tiendas de queso más famosas de Ámsterdam Henri Willig, además en toda la calle hay muchos restaurantes de comida rápida para cenar o comer. 





La calle termina en el canal Singel y lo primero que te llamará la atención será la Torre de la Ceca o Munttoren, cuyo nombre hace referencia a que se utilizó para la acuñación de monedas en el siglo XVII. 


Justamente en ese punto es donde empieza el Mercado de las Flores, o Bloemenmarkt, es un mercado flotante ya que todas los bulbos, flores y diversos souvenirs se encuentran a la venta en plataformas o barcazas. Una explosión de colores y olores que no puedes perderte en Ámsterdam. 










Siguiendo por el mismo canal, llegamos hasta la iglesia De Krijtberg, la Iglesia de San Francisco Javier, iglesia neogótica católica. 

     



Llegamos a la plaza Spui que desafortunadamente estaba en obras, por lo que no pudimos ver la famosa estatua Het Lieverdje que representa a la juventud de Ámsterdam, pero sí que llegamos a tiempo de entrar en el Begijnhof.    






El Beaterio se fundó en el siglo XIV como lugar de residencia de las hermanas beatas, las Beguinas. Estas mujeres viviían como monjas, aunque con mucha más autonomía y libertad. A partir del siglo XVI la religión católica fue declarada ideal. El Beaterio fue la única institución católica que siguió existiendo. La verdad es que tanto en su capilla, que se puede visitar, como en el patio se respira un silencio y una tranquilidad que te relaja y te traslada a otra época.

     




Iba ya anocheciendo y las luces navideñas de las calles empezaban a encenderse. Me ha asombrado cuántas había, por todo el centro de Ámsterdam y también en los puentes. Ni qué decir que las luces embellecían aún más la ciudad. 

Para llegar hasta la plaza Dam, tomamos una de las calles comerciales peatonales de la ciudad, Kalverstraat, en donde hicimos un pequeño descanso entrando en una cafetería para tomar algo caliente y unos riquísimos poffertjes, una especie de mini gofres con azúcar glass por encima aunque podías elegir diferentes toppings. Hicimos algunas compras por la calle y entramos en la tienda de Lego. 




     

La plaza Dam es el la plaza más importante de la ciudad. En el centro de la misma se alza un obelisco que fue construido en recuerdo a los soldados holandeses caídos en la Segunda Guerra Mundial. La plaza está rodeada por algunos edificios importantes como el Palacio Real, la Iglesia Nueva o el Museo de Cera Madame Tussauds. 

En el centro de la plaza había un precioso árbol de Navidad que me recordó al de Covent Garden de Londres. 

     




Empezaba ya a hacer bastante frío, porque aunque la temperatura no fuera excesivamente baja, la sensación térmica y la humedad hacía que se te calara el frío en los huesos. Pero a pesar de llevar ya más de 15 horas despierto, no queríamos terminar el día sin darnos un paseo por el Barrio Rojo. No hay ningún peligro en verlo de noche y la verdad es que con las luces de los sex-shops, y de los locales de señoritas, tenía un cierto encanto. Muy cerca de la zona se encuentra la Iglesia Vieja que ya a esas horas estaba cerrada. 





Para cenar elegimos un local de hamburguesas, el Burger Fabriek,  pero antes acabamos con nuestras fuerzas acercándonos al Magere Brug, un puente móvil que está iluminado por la noche. Ni qué decir que los canales a esas horas de la noche estaba más bonitos incluso. Incluso nos dio tiempo a ver alguna de las instalaciones que pertenecían al Festival de Luces de Navidad, una pena no haber podido pasar una noche más para hacer todo el recorrido pero como comprenderéis, despiertos desde las 4 de la mañana, no veíamos ya el momento de volver al hotel a descansar. 









Cada uno de los menús de hamburguesa que veis en la foto nos costaron 15 euros, teniendo en cuenta que Ámsterdam no es barata y más teniendo en cuenta que estábamos en el mismísimo centro de la ciudad, no nos pareció cara. Además estaban riquísimas. 

Cenar y volver al hotel casi ya arrastrando los pies. Cerca de las 10 de la noche, lo que suponía 18 horas despiertos. Tocaba ya hora de descansar para a la mañana siguiente empezar a visitar otros lugares de la ciudad, en concreto el museo Rikjsmuseum en el que teníamos hora de visita a las 9:00 de la mañana, nada más abrir. 19 horas que nos habían servido para enamorarnos de Ámsterdam. 

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