Gofres, mejillones, frites y magia - Día 3

agosto 03, 2017

El día de viaje a Bruselas, donde íbamos a estar hospedados seis noches y desde donde íbamos a recorrer toda Bélgica.

Así que a madrugar, que aún nos quedan unas 6 horas y media de trayecto hasta Bruselas, y hay que pasar el famoso Peripheric en París.

Breve parada a desayunar, y algunas que otras paradas en esos increíbles aires franceses de autopistas, y último peaje antes de pasar la frontera de Bélgica.






No nos podíamos quejar del viaje, algo de atasco, bueno, más bien, circulación lenta en el Peripheric, pero llegamos a Bruselas a la hora programada. Y antes de llegar al hotel, decidimos mejor hacer una parada en un centro comercial para poder comer, no fuera que luego con el check-in y demás, se nos hiciera ya muy tarde. 

Y para ello, paramos en el centro comercial Nivelles, que tiene un Pizza Hut y un Quick, a tan solo 40 minutos del hotel.

Comimos bastante bien. Había un menú que consistía en un entrante de ensalada a volonté o pan de ajo, pasta o pizza y bebida a volonté y lo mismo como menú de niño. Una muy buena opción.







Llegamos a nuestro hotel, del que ya os daremos en detalle más información. Hacemos el check-in sin problema, dejamos los coches aparcados en el parking del hotel y nos dispusimos a coger el tranvía, el 93 que nos llevará a la Catedral de Bruselas. Íbamos ya con el tiempo justo, pues en Bélgica, al igual que en toda Europa, los monumentos cierran bastante pronto, así que no había tiempo que perder. 

Si compras los billetes del tranvía en una máquina que hay justo al lado de la parada o en el metro te salen más baratos que ya dentro del tranvía, exactamente a 2,10 por viaje. 
     



Parada en Royale y un corto paseo hasta la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, de estilo gótico y con un interior donde destaca, como es costumbre en todas las iglesias que visitamos por Bélgica, el púlpito y las vidrieras. 




     


     

Bajamos por la Rue d'Assault para llegar a las Galerías Reales Saint-Hubert, llenas de tiendas de bombones y de dulces, un peligro para la dieta, jejeje. Godiva, Neuhaus, La Belgique Gourmande, Pierre Marcolini, Leónidas...




     

    


Y así llegamos a la Grand Place, sin duda uno de los lugares más emblemáticos de Bruselas. Considerada una de las plazas más bellas del mundo y Patrimonio Mundial de la UNESCO.







En la esquina de la calle Charles Buls, encontramos la famosa estatua de Everard T'serclaes, ciudadano de Bruselas famoso por liberar la ciudad en la Guerra de Sucesión del Ducado de Brabant. Dice la leyenda que si le tocas un brazo trae suerte, así que os podéis imaginar lo que hicimos.  




Siguiendo esta calle que más adelante se transforma en la Rue de l'Etuve llegamos a la famosa estatua del Manneken Pis, que nos recibió desnudo, como era de esperar. 
     


Y justo al lado, en la calle antes mencionada, se encuentra Funambule, donde probamos los mejores gofres del mundo mundial. Con todo tipo de toppings, daba igual, los pidieras como fuera, estaban riquísimos. 




Una vez ya recargadas las pilas con un riquísimo gofre, continuamos nuestro paseo por Bruselas. Y ya que habíamos visto al niño meón, fuimos en busca de la niña meona, o Jeanneke Pis, la cual no goza de tanto cariño y aprecio, y eso que simboliza la lealtad, pero la pobre está en un callejón justo frente al famoso Delirium Tremens y la verdad es que no es un lugar muy recomendado si van con niños. 


Y ya que teníamos la intención de cenar el famoso bocadillo Mitraillette en Fritland, fuimos acercándonos a la zona, pasando antes por la Plaza de España, la Iglesia de San Nicolás, el edificio de la Bolsa hasta llegar a Les Halles de Saint- Géry, un mercado donde pudimos sentarnos tranquilamente a descansar un poco en unas hamacas, para reposar el gofre, jejeje 








A probar el famoso Mitraillette, que por desgracia solo hicieron dos del grupo, el resto, nos conformamos con unas frites, el gofre nos había llenado muchísimo. 




Y para terminar el día, que ya empezábamos a notar el cansancio en nuestro cuerpo después del madrugón, los kilómetros, y el paseo por Bruselas, nos fuimos directamente de nuevo a la Grand Place. Si de día es impresionante, iluminada de noche, es aún más increíble. 






A duras penas, y casi arrastrándonos, conseguimos llegar a la parada del tranvía que nos volvería a llevar al hotel. Ni qué decir que nos habíamos ganado el descanso con creces. Al día siguiente, tocaba Gante. 

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