Bolonia, la ciudad de los pórticos - Día 4

agosto 22, 2021

Nuestro último día por Bolonia prometía tranquilo, de hecho es el día que menos madrugamos, terminamos de hacer la maleta y bajamos a desayunar dejando previamente los bártulos en recepción. 

Como ya habíamos decidido previamente no subir a la torre Asinelli (que siempre nos dará una excusa para volver a Bolonia), fuimos directamente a la Oficina de Turismo para coger las entradas para la torre del reloj en el Ayuntamiento y la colección de arte que se encuentra en el mismo edificio, haciendo una breve parada, que al final no fue tan breve, en el Museo Medieval de la ciudad. Voy simplemente a dejar unas pocas fotos, es de esos lugares que si te sobra tiempo visitas en una ciudad pero desde luego no es un "must". La parte que más me gustó la de las lápidas por la explicación que da sobre la importancia de los maestros y profesores en Bolonia y en su universidad, supongo que sentir que en algún lugar del mundo no somos considerados privilegiados sino necesarios me llegó muy dentro del corazón. 









En nada llegamos a la Plaza Mayor, compramos nuestras entradas para subir a la torre del reloj y visitar el Museo Giorgio Morandi, donde se pueden admirar más de 200 obras regaladas por las hermanas del pintor boloñés. Pero antes un pequeño descanso en el patio del Palazzo d'Accursio. Hay que coger fuerzas para la subida a la torre que tan solo tiene 48 metros y cuyo precio es de 8 euros (también está incluida la visita al museo). 



El nombre original de la Torre del Reloj es Torre Accursi que procede de Accursio, su propietario. Tras venir de Florencia para estudiar derecho y convertirse en un ilustre jurista, quiso construir su propia casa: un edificio muy grande que incluía una escuela, un pórtico que daba a la plaza y una torre en la esquina. La torre se incorporó más tarde a la residencia de Accursio que, poco después de su muerte, fue adquirida por el nuevo municipio en expansión. Con la venta de la casa, solo quedó en escena el nombre de la familia Accursio, cedido al futuro ayuntamiento de Bolonia. 

Lo que aún hoy destaca es el enorme reloj mecánico, colocado en la fachada de la torre en 1444. El reloj de sol de la Torre de Arengo serviría entonces para marcar las horas del día y especialmente el mediodía, al que se ajustaban todos los demás relojes, mientras que a partir de 1451 el nuevo mecanismo comenzó a marcar también la noche. Para dar cabida al nuevo reloj, se elevó un poco la antigua torre. 

Tras la amplia restauración de todo el palacio, llevada a cabo entre 1885 y 1887 por Raffaele Faccioli, se eliminó el parapeto renacentista con pequeños pilares de la torre y se sustituyó por la banda de ladrillo que se consideró más adecuada para el nuevo aspecto general del palacio, de estilo medieval redescubierto. 





De nuevo, lo mejor las vistas desde lo alto de la torre. Además, si quieres informarte de todo lo relacionado con el edificio y el reloj, te dan una audioguía en varios idiomas. 








Os dejo también algunas fotos del museo, nosotros como siempre pendientes de los techos que es lo que más nos atraía. 







Con tanta escalera, nos había entrado hambre así que nos acercamos a uno de esos restaurantes que todo el mundo aconseja por su relación calidad precio y en verdad que tenían razón. Su nombre: Osteria dell'Orsa. Cuando llegamos había cola pero es porque la gente estaba esperando a que quedara un sitio libre en la terraza, nosotros con nuestro multipase entramos en el interior. Muy pequeño y sin distancia de seguridad pero con mámparas entre las mesas. 


De primero pedimos unos crostinis de cuatro gusto a elección del chef (qué sorpresa) y de segundo lasaña (riquísima). Buena cantidad y precios muy ajustados. 




Y de postre, a buscar otra cremería (heladería) en los alrededores y de camino al barrio universitario, que habría sido imperdonable no pasear por él estando de viaje en Bolonia. 

Pero antes un helado en la cremería Mascarella, para no perder la tradición de un helado al día en Bolonia. Y de ahí al barrio universitario. 






Y casi sin  querer, porque este tiempo en Bolonia era extra, nos adentramos en el Palazzo Poggi, sede de la universidad de Bolonia desde el 1838. Por un módico precio (5 euros) nos adentramos en el Museo del palacio que alberga la colección del instituto de Ciencias. El edificio también acoge otras instituciones como el Museo de Astronomía y el de Obstetricia (que la verdad es que era algo desagradable). 






Y ya que estábamos de descubrimientos en nuestras últimas horas por Bolonia, ya de vuelta al hotel nos encontramos abierto el Oratorio de Santa Cecilia, con frescos que datan del 1507 pintados por los principales pintores boloñeses de la época: Francesco Francia, Lorenzo Costa y más tarde Amico Aspertini. El señor que estaba cuidando el oratorio fue muy amable y nos dejó hacer alguna foto (no muchas) porque estaba prohibido. 




Y así terminamos nuestro viaje a Bolonia, de vuelta al hotel, y un pequeño descanso antes de volver a coger el tren Marconi Express que de nuevo en menos de 10 minutos nos dejó en el aeropuerto. Por cierto, el aeropuerto de Bolonia es muy pequeño y había gente hasta sentada en el suelo. Menos mal que nuestro vuelo salió puntual. Aterrizaje sin ningún problema en Madrid aunque tardamos más que a la ida. 

Bolonia ha sido una ciudad que nos ha encantado porque está llena de iglesias y de vida con sus terrazas, sus heladerías, y sus restaurantes. No descartamos volver a ir para atrevernos a subir a la torre Asinelli y de paso tomar la ciudad como punto de visita para otras localidades como Rávena o Parma que se encuentran a escasa distancia en tren. No nos importaría repetir en el mismo hotel porque su ubicación sería perfecta para ese cometido. Si os gusta la arquitectura y empaparos de cultura, Bolonia es un destino perfecto. 







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