Gofres, mejillones, frites y magia - Día 8

agosto 08, 2017

Toda la suerte que estábamos teniendo con el tiempo y con las carreteras se iba a torcer en el día de hoy. 

En principio, nos esperaba Amberes, la cual nos recibió con lluvia y un cielo gris cerrado sin posibilidades de levantar en todo el día. 

Llegamos sin problemas y aparcamos muy cerca del castillo Steen, que fue la primera fortaleza en piedra de la ciudad y se construyó después de las incursiones vikingas en los comienzos de la Edad Media. 



A las puertas del castillo se encuentra la estatua de Lange Wapper, un gigante que según la leyenda, en las noches vagaba por las calles de Amberes asustando a los habitantes de la ciudad. 


Desde el castillo hay unas preciosas vistas del río Escalda y de la otra orilla. Lástima que el día no acompañara. 



Desde el castillo, nos dirigimos a la Grote Markt, la plaza principal de Amberes. En la misma, podemos ver la estatua de Silvio Brabo, el fundador de la ciudad, y la fachada del Ayuntamiento, así como las casas de los gremios, tan típicas en toda Bélgica. Pero antes, nos tomamos un café riquísimo en una cafetería porque hacía algo de fresquito. 





Y por supuesto accedimos al interior de la Catedral de Amberes. Impresionante por fuera con su torre de 123 metros de altura y por dentro .


Del interior, a destacar de nuevo las impresionantes vidrieras y el cuadro de Rubens, el Descendimiento de la Cruz. 




      

El día seguía gris y lloviendo a ratos, así que no pudimos hacer muchas fotos más de la ciudad, al menos en exteriores. Nos acercamos a la plaza Groenplaats para entrar en el Hard Rock Café y ver las tiendas. 



Tomamos la calle Meir para descubrir una Amberes comercial y moderna y una llamada telefónica nos trastornó un poco. Se había estropeado el riego del jardín delantero de casa y el vecino había tenido que cortar el agua. Vaya, el día echaba aguas por todos sitios. Pero bueno, había que continuara descubriendo Amberes, así que de momento comimos en un McDonalds de la calle comercial Meir y pasamos un rato en el Primark buscando alguna rebaja, que no encontramos. Y así llegamos al museo de Rubens, que visitó el fotógrafo del grupo mientras que el resto perdíamos la cabeza en Sports Direct, una de las tiendas de zapatillas más conocidas de Londres que también tiene sucursal en Amberes. 

La casa-museo de Rubens o Rubenshuis era la casa-taller de Rubens durante sus últimos 29 años de vida. La casa se divide en dos partes diferenciadas, la primera de estilo flamenco que son los aposentos privados de la familia del pintor. En la planta de abajo destaca la galería de arte en donde se exponen sus obras y las de otros artistas. La parte de la derecha, de estilo barroco italiano, era la dedicada al taller, en que trabajaba tanto el pintor como los ayudantes y estudiantes. Os dejo algunas fotos, pero ya dedicaré una entrada exclusivamente al museo. 






     

Unas compras más de vuelta al coche, un gofre, unos macarons de Laduree y despedimos Amberes con cierta pena. Sin duda, tendremos que volver, con la lluvia no pudimos acercarnos al barrio de los joyeros y se me olvidó por completo el famoso callejón Vlaeyjensgang cerca de la Grote Markt pero entre la lluvia, el cansancio ya acumulado de todo el viaje y las noticias de casa, se me fue de la cabeza. 

A pesar de que ya eran las 4 y media y sabíamos que no llegábamos a Lovaina a ver nada abierto, decidimos acercarnos a la ciudad por lo menos para dar un paseo pero el día seguía aciago, así que un atasco impresionante desde Amberes hasta Lovaina por un camión que había sufrido un accidente nos hizo desistir y en vista de que se acercaba ya la hora de cenar porque tardamos prácticamente más de dos horas y media en llegar a la capital, decidimos despedirnos de Bruselas y de los gofres de Funambule. 

Aparcamos al lado de la catedral y nos dirigíamos a las Galerías cuando vimos un restaurante parecido al de Brujas donde había diferentes menús para tomar de cartones de pasta, así que entramos sin pensarlo mucho. Un gran acierto. 




Ya sí que tocaba despedirse de Bruselas, de Bélgica, de los gofres, del Manneken Pis y de las tiendas de chocolates de las Galerías St. Hubert. Mmmmmm, si me concentro mucho, sigo oliendo a chocolate.






     



Agotadores los 6 días en Bélgica pero muy bien aprovechados, lástima la lluvia de este último día y los atascos que nos impidieron ver Lovaina sobre el planning preparado. Me sigo quedando con Brujas, una de las ciudades más bonitas de Europa y posiblemente del mundo. 

Vamos a descansar que Disneyland París en su 25 aniversario nos espera. Volvemos a la magia después de 5 años. 

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